jueves, 3 de febrero de 2022

LUMEN DE VAMPIRIS P5 - EL RITUAL Y LA LUZ


Después de semanas sin poder dormir, consumida por el recuerdo de su padre, Ana decidió visitarlo un domingo por la tarde en el camposanto. Frente a la tumba, su cuerpo se estremeció; aún no podía aceptar que nunca más lo vería, que ahora solo vivía en sus recuerdos.

Se sentó junto a la lápida y colocó con delicadeza unas rosas blancas. Sacó un paño de su bolso y, con paciencia, limpió la superficie donde se leía el nombre de su padre bajo una cruz tallada en mármol. Las horas pasaron sin que se diera cuenta. El cielo comenzaba a oscurecerse. Era hora de volver a casa.

Cuando se disponía a levantarse, un escalofrío recorrió su cuerpo. Giró lentamente y, entre los arbustos, distinguió unos ojos negros que la observaban, fijos, inmóviles.

Paralizada, dudó entre correr o quedarse. Optó por observar a aquella criatura que la acechaba.

—¿Qué demonios es eso? —pensó, mientras su instinto le gritaba que huyera.

De pronto, la criatura lanzó dos zarpazos y un enorme lobo emergió de entre las sombras, acechándola con movimientos sigilosos.

Desde la distancia, Fabio observaba todo con una mezcla de expectación y rabia contenida. La joven que una vez había sido su conexión... ahora era su amenaza. La única forma de salvarse era completando el anima nexum. Esta vez no fallaría.

Convertido en lobo, Fabio dejó que Ana corriera. No deseaba atraparla fácilmente. Quería que el final tuviera su propio ritmo. Su propio peso.

—Ha llegado tu hora —murmuró, dejando que su naturaleza vampírica lo dominara por completo.

Aumentó la velocidad, pero al pasar junto a la tumba del padre de Ana, algo lo detuvo: la cruz tallada en la lápida emanaba un aroma intenso a sándalo y mirra. Un aura sagrada.

—Definitivamente, es un ángel —pensó.

Levantó la vista. Ana seguía huyendo. Su aroma floral y a pino aún flotaba en el aire. La siguió.

Al llegar a la salida del cementerio, no logró verla. Pero su esencia seguía allí, oculta entre los pedestales.

Avanzó silencioso. Y entonces, entre las sombras, vio las pequeñas manos de Ana aferradas a unas flores recién brotadas.

Fabio saltó. Cayó frente a ella.

Ana, llorando, apenas alcanzó a levantar la mirada. Sus ojos se encontraron, y una descarga eléctrica recorrió ambos cuerpos. El vampiro mostró sus colmillos. Ana, paralizada, buscó en su memoria el origen de esos ojos tan profundos.

—¿Fabio...? —susurró con voz quebrada.

Pero ya era tarde.

El lobo hundió sus colmillos en su cuello. Un pequeño río de sangre brotó de la herida. Sus latidos se debilitaban. Sus manos quedaban inmóviles.

Ana, el pequeño ser de luz, había sido alcanzada. Ningún ángel acudió. ¿Dónde estaban? ¿Creyeron que su luz bastaría para protegerla?

Se equivocaron.

Mientras bebía su sangre, Fabio sentía cómo el fluido le devolvía la fuerza. Sus sentidos se agudizaban. Su cuerpo vibraba con poder.

Pero entonces, algo falló.

Tuvo que soltarla. Ana cayó al suelo. El vampiro retrocedió, tambaleante.

—¿No funcionó el anima nexum? ¿Qué hice mal? —susurró, buscando a Ana. Pero su cuerpo había desaparecido.

Solo quedaba un charco de sangre que brillaba bajo la luna llena.

La desesperación de Fabio se transformó en furia. Apretó los puños con tanta fuerza que sintió sus uñas clavarse en la carne.

Quería gritar. Destruir todo a su paso.

—Te encontraré, iluminada —murmuró con rabia contenida—. Y cuando lo haga, me reiré de tus ángeles mientras celebro mi victoria.

Esto no había terminado.

Y con ese pensamiento oscuro, se perdió en la noche, rumbo al castillo.


1 comentario:

  1. Muy buen relato, la dualidad entre la luz y la obscuridad es un enigma que llama mucho la atención, por ello a los primeros segundos me pegué con la lectura...
    Los nombres de los personajes ¿son de tu inspiración? Ya que conjugan con la historia y el contexto.

    Genial

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