lunes, 21 de febrero de 2022

LUMEN DE VAMPIRIS P6 - PUNTO DE QUIEBRE

Mientras regresaba al castillo, Fabio seguía abrumado por lo ocurrido. Había llevado a cabo el anima nexum, y sin embargo... algo no encajaba. La ausencia del cuerpo de Ana lo atormentaba. ¿Dónde estaba? ¿Por qué su poder no había regresado del todo?

Recorrió los pasillos del majestuoso castillo, con la mente invadida por preguntas sin respuesta. Por primera vez, una inquietud verdadera lo carcomía: ¿qué pensaría su padre de todo esto?

El fracaso no era una opción para su familia.

Agarus, descendiente directo del mismísimo Conde Drácula, lideraba una de las casas más puras de la nobleza vampírica. Su sangre jamás se había mezclado con la de humanos ni criaturas inferiores. Esa era la élite: vampiros de linaje intacto, únicos autorizados para convertir humanos en su especie.

Por debajo de ellos estaban los Qadhar: mestizos con sangre humana, aún poderosos, pero considerados inferiores. Y finalmente, los Lekeli: humanos transformados por vampiros de élite o rechazados por su ascendencia impura.

Fabio era el único hijo de Agarus, fruto de su unión con Mara —una vampiresa refinada, fuerte, y muy querida entre los clanes. Si fallaba, no solo traicionaba su linaje: se cerraría el ciclo de herencia pura.

—Será mi fin —murmuraba, imaginando el desprecio, el exilio... la humillación.

Su padre no toleraría el deshonor.

Miró hacia el bosque, desde el balcón del castillo, buscando respuestas. Quizás su madre aún podía protegerlo del juicio. Quizás había una forma de justificar lo ocurrido.

Sobre todo... sabiendo que su víctima era un ser de luz.

Una chispa de esperanza brilló en su mirada, pero se desvaneció de inmediato.

Él había fallado. Y el linaje, una vez más, pendía de un hilo.

—No fue tu culpa, cariño —susurró una voz a su espalda.

Era Mara. Lo abrazó con ternura, sujetándole el rostro con ambas manos.

—Lo solucionaremos juntos. Todo esto pasará.

Fabio se refugió en ese abrazo. Su madre era la única que le ofrecía alivio. Hermosa, de cabello rojizo y mirada gris, tenía una figura delicada, y una fortaleza emocional que jamás se había quebrado, ni siquiera bajo la sombra de Agarus. Ella siempre había sido su escudo.

Madre e hijo permanecieron unidos en silencio. Ambos sabían que el tiempo era limitado. Agarus regresaría en menos de dos semanas de sus viajes militares por los reinos aliados.

Y para entonces, todo debía estar resuelto.

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A miles de kilómetros de allí, en lo alto de los cielos, el cuerpo de Ana yacía sobre un lecho de lirios y jazmines. La Casa de los Ángeles de la Guarda, bajo la administración del Arcángel Gabriel, la había recibido tras su colapso.

Las marcas de colmillos seguían visibles en su cuello. Su respiración, apenas perceptible. Sus manos y pies, helados. Una pequeña chimenea ardía con leña de roble, avivada por ángeles diminutos, intentando mantenerla viva.

Namael, ángel de luz en la Tierra, había logrado rescatarla justo antes de su muerte. Al quedar desprotegida —sin su ángel guardián original— Ana pasó bajo la custodia de los arcángeles.

Cuando Namael sintió el peligro, no dudó. Se lanzó al rescate con la fuerza de mil oraciones.

Al llegar, la escena lo golpeó como un trueno: Ana se desangraba lentamente en el cementerio, y a su lado yacía inconsciente un joven vampiro. Fabio.

Namael pudo matarlo. Pero lo reconoció: era de la élite. Su eliminación habría desencadenado una guerra total. Decidió huir y llevarse a Ana, antes de que él despertara.

Mientras cuidaba de ella, no podía ignorar la gravedad del momento.

Un ser de luz había sido tocado por un vampiro.

Y el anima nexum casi se completaba.

No tardarían en enterarse los líderes de ambos bandos. Y cuando lo hicieran, no habría vuelta atrás.

Sin saberlo, el equilibrio entre la luz y la oscuridad había sido roto.


jueves, 3 de febrero de 2022

LUMEN DE VAMPIRIS P5 - EL RITUAL Y LA LUZ


Después de semanas sin poder dormir, consumida por el recuerdo de su padre, Ana decidió visitarlo un domingo por la tarde en el camposanto. Frente a la tumba, su cuerpo se estremeció; aún no podía aceptar que nunca más lo vería, que ahora solo vivía en sus recuerdos.

Se sentó junto a la lápida y colocó con delicadeza unas rosas blancas. Sacó un paño de su bolso y, con paciencia, limpió la superficie donde se leía el nombre de su padre bajo una cruz tallada en mármol. Las horas pasaron sin que se diera cuenta. El cielo comenzaba a oscurecerse. Era hora de volver a casa.

Cuando se disponía a levantarse, un escalofrío recorrió su cuerpo. Giró lentamente y, entre los arbustos, distinguió unos ojos negros que la observaban, fijos, inmóviles.

Paralizada, dudó entre correr o quedarse. Optó por observar a aquella criatura que la acechaba.

—¿Qué demonios es eso? —pensó, mientras su instinto le gritaba que huyera.

De pronto, la criatura lanzó dos zarpazos y un enorme lobo emergió de entre las sombras, acechándola con movimientos sigilosos.

Desde la distancia, Fabio observaba todo con una mezcla de expectación y rabia contenida. La joven que una vez había sido su conexión... ahora era su amenaza. La única forma de salvarse era completando el anima nexum. Esta vez no fallaría.

Convertido en lobo, Fabio dejó que Ana corriera. No deseaba atraparla fácilmente. Quería que el final tuviera su propio ritmo. Su propio peso.

—Ha llegado tu hora —murmuró, dejando que su naturaleza vampírica lo dominara por completo.

Aumentó la velocidad, pero al pasar junto a la tumba del padre de Ana, algo lo detuvo: la cruz tallada en la lápida emanaba un aroma intenso a sándalo y mirra. Un aura sagrada.

—Definitivamente, es un ángel —pensó.

Levantó la vista. Ana seguía huyendo. Su aroma floral y a pino aún flotaba en el aire. La siguió.

Al llegar a la salida del cementerio, no logró verla. Pero su esencia seguía allí, oculta entre los pedestales.

Avanzó silencioso. Y entonces, entre las sombras, vio las pequeñas manos de Ana aferradas a unas flores recién brotadas.

Fabio saltó. Cayó frente a ella.

Ana, llorando, apenas alcanzó a levantar la mirada. Sus ojos se encontraron, y una descarga eléctrica recorrió ambos cuerpos. El vampiro mostró sus colmillos. Ana, paralizada, buscó en su memoria el origen de esos ojos tan profundos.

—¿Fabio...? —susurró con voz quebrada.

Pero ya era tarde.

El lobo hundió sus colmillos en su cuello. Un pequeño río de sangre brotó de la herida. Sus latidos se debilitaban. Sus manos quedaban inmóviles.

Ana, el pequeño ser de luz, había sido alcanzada. Ningún ángel acudió. ¿Dónde estaban? ¿Creyeron que su luz bastaría para protegerla?

Se equivocaron.

Mientras bebía su sangre, Fabio sentía cómo el fluido le devolvía la fuerza. Sus sentidos se agudizaban. Su cuerpo vibraba con poder.

Pero entonces, algo falló.

Tuvo que soltarla. Ana cayó al suelo. El vampiro retrocedió, tambaleante.

—¿No funcionó el anima nexum? ¿Qué hice mal? —susurró, buscando a Ana. Pero su cuerpo había desaparecido.

Solo quedaba un charco de sangre que brillaba bajo la luna llena.

La desesperación de Fabio se transformó en furia. Apretó los puños con tanta fuerza que sintió sus uñas clavarse en la carne.

Quería gritar. Destruir todo a su paso.

—Te encontraré, iluminada —murmuró con rabia contenida—. Y cuando lo haga, me reiré de tus ángeles mientras celebro mi victoria.

Esto no había terminado.

Y con ese pensamiento oscuro, se perdió en la noche, rumbo al castillo.


LUMEN DE VAMPIRIS P9- BAJO TIERRA

  En ese instante, al otro lado del universo, el Arcángel Gabriel recibía a su hermano, el Arcángel Miguel. La tensión entre ellos era palpa...