Recorrió los pasillos del majestuoso castillo, con la mente invadida por preguntas sin respuesta. Por primera vez, una inquietud verdadera lo carcomía: ¿qué pensaría su padre de todo esto?
El fracaso no era una opción para su familia.
Agarus, descendiente directo del mismísimo Conde Drácula, lideraba una de las casas más puras de la nobleza vampírica. Su sangre jamás se había mezclado con la de humanos ni criaturas inferiores. Esa era la élite: vampiros de linaje intacto, únicos autorizados para convertir humanos en su especie.
Por debajo de ellos estaban los Qadhar: mestizos con sangre humana, aún poderosos, pero considerados inferiores. Y finalmente, los Lekeli: humanos transformados por vampiros de élite o rechazados por su ascendencia impura.
Fabio era el único hijo de Agarus, fruto de su unión con Mara —una vampiresa refinada, fuerte, y muy querida entre los clanes. Si fallaba, no solo traicionaba su linaje: se cerraría el ciclo de herencia pura.
—Será mi fin —murmuraba, imaginando el desprecio, el exilio... la humillación.
Su padre no toleraría el deshonor.
Miró hacia el bosque, desde el balcón del castillo, buscando respuestas. Quizás su madre aún podía protegerlo del juicio. Quizás había una forma de justificar lo ocurrido.
Sobre todo... sabiendo que su víctima era un ser de luz.
Una chispa de esperanza brilló en su mirada, pero se desvaneció de inmediato.
Él había fallado. Y el linaje, una vez más, pendía de un hilo.
—No fue tu culpa, cariño —susurró una voz a su espalda.
Era Mara. Lo abrazó con ternura, sujetándole el rostro con ambas manos.
—Lo solucionaremos juntos. Todo esto pasará.
Fabio se refugió en ese abrazo. Su madre era la única que le ofrecía alivio. Hermosa, de cabello rojizo y mirada gris, tenía una figura delicada, y una fortaleza emocional que jamás se había quebrado, ni siquiera bajo la sombra de Agarus. Ella siempre había sido su escudo.
Madre e hijo permanecieron unidos en silencio. Ambos sabían que el tiempo era limitado. Agarus regresaría en menos de dos semanas de sus viajes militares por los reinos aliados.
Y para entonces, todo debía estar resuelto.
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A miles de kilómetros de allí, en lo alto de los cielos, el cuerpo de Ana yacía sobre un lecho de lirios y jazmines. La Casa de los Ángeles de la Guarda, bajo la administración del Arcángel Gabriel, la había recibido tras su colapso.
Las marcas de colmillos seguían visibles en su cuello. Su respiración, apenas perceptible. Sus manos y pies, helados. Una pequeña chimenea ardía con leña de roble, avivada por ángeles diminutos, intentando mantenerla viva.
Namael, ángel de luz en la Tierra, había logrado rescatarla justo antes de su muerte. Al quedar desprotegida —sin su ángel guardián original— Ana pasó bajo la custodia de los arcángeles.
Cuando Namael sintió el peligro, no dudó. Se lanzó al rescate con la fuerza de mil oraciones.
Al llegar, la escena lo golpeó como un trueno: Ana se desangraba lentamente en el cementerio, y a su lado yacía inconsciente un joven vampiro. Fabio.
Namael pudo matarlo. Pero lo reconoció: era de la élite. Su eliminación habría desencadenado una guerra total. Decidió huir y llevarse a Ana, antes de que él despertara.
Mientras cuidaba de ella, no podía ignorar la gravedad del momento.
Un ser de luz había sido tocado por un vampiro.
Y el anima nexum casi se completaba.
No tardarían en enterarse los líderes de ambos bandos. Y cuando lo hicieran, no habría vuelta atrás.
Sin saberlo, el equilibrio entre la luz y la oscuridad había sido roto.