viernes, 20 de febrero de 2026

LUMEN DE VAMPIRIS P9- BAJO TIERRA

 En ese instante, al otro lado del universo, el Arcángel Gabriel recibía a su hermano, el Arcángel Miguel. La tensión entre ellos era palpable. Miguel, alterado por la reciente muerte de Namael en la batalla, exigía respuestas sobre la falta de acción del cielo ante el rapto del ser de luz.

—¿Qué ha pasado, Gabriel? ¿Por qué permitiste que se llevaran a la criatura de luz? ¿Has perdido la razón? —su voz estaba cargada de ira y frustración—. Los querubines ya están al tanto y convocaron una audiencia para juzgar tus actos... y la pérdida de nuestro amado Namael.

Gabriel permaneció sereno, aunque sus ojos reflejaban inquietud.

—Te pido que te calmes, Miguel. Todo tiene una razón —respondió con firmeza.

—¡Entonces explícamela! —insistió Miguel—. No tiene sentido. Hemos perdido todo. Capturaron a la criatura de luz y el heredero de Agarus completó el ritual.

—Sí, el ritual fue completado —admitió Gabriel—. Pero no hemos perdido. Cuando llevaron a la criatura al portal del infierno, descubrí que la oscuridad en el vampiro ya había comenzado a afectarla. Sin embargo, su luz interior sigue siendo más fuerte.

Miguel frunció el ceño, desconfiado.

—¿Quieres decir que permitiste que se la llevaran a propósito?

—Si así lo ves, sí. Permití que la tomaran para que la muerte de Namael no fuera en vano. Si Lucifer quería guerra, le enviamos sin saberlo a nuestra mejor guerrera. Todos subestimamos su luz.

—¿Y ahora qué haremos?

—He convocado al Guardián de la Oscuridad para que decida el destino de ambos jóvenes.

En ese momento, un enorme lobo negro emergió de las sombras. Sobre él cabalgaba Itara, el Guardián de la Oscuridad: juez de almas desterradas, ángeles caídos, demonios exiliados y vampiros con luz en su interior.

Imponente y marcado por cicatrices de antiguas batallas, portaba un tridente negro que combinaba con sus vestiduras oscuras. Al llegar, inclinó la cabeza en señal de respeto.

—Es un honor servirles —dijo—. Pensé que me llamarían más tarde.

Gabriel asintió y preguntó:

—¿Tienes a la criatura?

Itara sonrió con burla y ordenó a su lobo que mostrara el cuerpo inerte de Ana.

Miguel quedó boquiabierto.

—¿Es ella? ¿Cómo la trajiste?

—Gabriel me informó de todo. Llegué justo cuando culminaba el ritual. Tal como predijimos, la luz de la criatura destruyó al heredero de Agarus. Y ella... también murió.

—¿Y el vampiro?

—Hablé con ellos. Agarus y Mara buscarán otro heredero. Los demonios intentaron llevarse al joven, pero se los impedí. ¿De qué les serviría un alma de luz en el infierno? —rió—. El cuerpo del vampiro se desvaneció.

—¿Cómo es posible? —preguntó Miguel.

Gabriel meditó.

—La luz siempre vence a la oscuridad —explicó Itara—. Al morir, su alma luminosa erradicó la oscuridad. Fue como si nunca hubiera sido de tinieblas.

—¿Y qué hay de la criatura?

—Según las reglas, debería llevármela. Correspondería una condena eterna en la oscuridad.

—No fue culpa suya. La dejamos desprotegida en la Tierra, fue nuestro error —replicó Gabriel.

—Exacto —asintió Itara—. Por eso os la devuelvo. No la necesito... por ahora. Llevadla de vuelta a la Tierra para que sea sepultada junto a su padre.

—Así lo haremos —respondieron los arcángeles.

El Guardián partió, dejando el cuerpo de Ana dispuesto en un ataúd.

Miguel y Gabriel organizaron una ceremonia discreta en el camposanto. Sepultaron a Ana junto a su padre. En silencio, esperaban que la paz regresara a los universos.

—Que la luz regrese a nosotros —pronunció Gabriel.

—Amén —respondió Miguel.

---

A las 12:30 a. m., bajo tierra, Ana abrió los ojos.

Ya no eran marrones. Brillaban con un rojo profundo, hipnótico. Las uñas, largas y afiladas, arañaron el interior del ataúd. Sonrió. Sus colmillos relucieron entre la oscuridad.

Recordaba todo.

El beso. La traición. El ritual.

Y la luz que no la había abandonado... sino transformado.

Con sus uñas, escribió en la tapa de madera:

"Lunes. Bajo tierra.

12:30 a. m."

Luego cerró los ojos otra vez, solo por un momento.

Cuando los volvió a abrir, ya no había miedo.

Solo hambre... y propósito.

martes, 1 de marzo de 2022

LUMEN DE VAMPIRIS P8

 Agarus y los demonios se preparaban para continuar con el ánima nexum de Fabio, quien, débil y semi desnudo, yacía frente al portal del infierno.

Mientras todos se disponían, Fabio, aún adormilado y sin fuerzas, se preguntaba cómo todo había salido tan mal. Solo debía completar el ritual, y ahora el cielo y el infierno estaban al borde de una guerra abierta. Se sentía insuficiente, indigno de ser el heredero de la élite, después de fallar tan torpemente en un rito para el que se había preparado casi toda su vida.

En las últimas semanas, su cuerpo le había fallado: ya no podía transformarse en murciélago ni en lobo, y su velocidad, antes imparable, había disminuido. La luz de Ana lo consumía lentamente; si él caía, la descendencia de Agarus —uno de los vampiros más poderosos del mundo— se perdería, a menos que surgiera otro heredero.

Sumido en estos pensamientos, una mano suave lo sacó de su ensimismamiento. Era su madre, Mara, que sujetaba su rostro con ambas manos.

—No puedes rendirte ahora, hijo —dijo con voz firme y esperanzada—. Has luchado demasiado para dejar que todo termine aquí. Hoy es tu día, serás el heredero de la élite.

Aunque sus palabras tenían fuerza, unas lágrimas surcaron las mejillas de Mara, humedeciendo el rostro de Fabio. Ella lo abrazó con ternura, luego se apartó para dar paso al ritual.

Azrael y Belcebú colocaron el cuerpo de Ana cerca del de Fabio, mientras Agarus y Astaroth preparaban a Fabio para proseguir. Todos observaban, expectantes.

Con el poco aliento que le quedaba, Fabio se incorporó, decidido a concluir el rito. Sus colmillos afilados brillaron bajo la luz tenue al acercarse al cuello de Ana. Percibió el aroma de flores: jazmines, lirios... observó su rostro pálido, el cabello ondulado, sus delicadas facciones.

—Es muy hermosa —pensó, y un inesperado sentimiento de compasión lo invadió.

—¿Qué estoy haciendo? —se preguntó, confuso. ¿Acaso la luz de Ana había tocado su alma oscura, despertando emociones nuevas?

Fabio vaciló.

—¿Qué demonios estás esperando? —gritó Agarus con furia—. ¡Hazlo de una vez o ambos morirán esta noche!

Los demonios intercambiaron miradas, en silencio, aguardando el desenlace. Esa noche, uno de los dos jóvenes entregaría su alma a Lucifer, y el pacto estaba sellado: Agarus contaba con el apoyo del príncipe del infierno, aun cuando el alma de su heredero pendía de un hilo.

Fabio recuperó la concentración, apartando los recuerdos y la belleza de Ana. Con la mente en blanco, hundió sus colmillos en el cuello de ella, quien soltó un último y apenas audible suspiro.

La sangre de Ana fluyó hacia Fabio, y con ella, una fuerza renovada inundó su cuerpo. Sus poderes regresaron, mientras la bondad que alguna vez albergó se desvanecía. La oscuridad lo había consumido por completo. La luna brillaba en el cielo: el ánima nexum había concluido.

El joven vampiro se incorporó, recorrió a todos con la mirada y, con una reverencia previa, abrazó a sus padres.

Agarus y Mara exhalaron aliviados y victoriosos. Los tres demonios sonrieron malévolamente y aplaudieron, satisfechos con la culminación del ritual.

—Hemos terminado —declaró Azrael—. Nos llevamos a la humana como sacrificio para nuestro señor Lucifer.

—Gracias a todos, son bienvenidos en mi castillo cuando gusten —respondió Agarus—. Envíen mis saludos a Lucifer.

Mara les regaló una pequeña sonrisa.

Mientras todos se despedían, Fabio y sus padres se preparaban para regresar al castillo, y los demonios se encaminaban hacia el infierno. Pero justo antes de cruzar el portal con el cuerpo de Ana, un grito desesperado los detuvo.

Todos voltearon horrorizados. Era Fabio, tirado en el suelo, retorciéndose y gritando. Se acercaron rápidamente, dejando a Ana frente al portal. La confusión se apoderó de todos; nadie entendía lo que sucedía. Los ojos de Fabio estaban desorbitados.

—¿Qué es esto? —exclamó Agarus—. ¡Ayúdenlo! —clamó Mara, consternada.

Los demonios intentaron sujetarlo, pero una luz cegadora emanaba de su cuerpo, impidiéndoles tocarlo. Fabio comenzó a elevarse, perdiendo el control, mientras su interior ardía.

—El ser de luz —pensó—. Me estoy muriendo.

Miles de recuerdos pasaron por su mente: los desayunos con su madre, las largas jornadas de entrenamiento con su padre, las anécdotas con los otros jóvenes vampiros. Todo llegaba a su fin, y no podía aceptarlo.

Los esfuerzos de su padre para ayudarlo a completar el ánima nexum fueron inútiles. Los demonios, desconcertados, solo pudieron observar mientras sus padres lo miraban con desesperación desde el suelo.

El cuerpo de Fabio se cubrió de una luz cegadora: se estaba produciendo el lumen de vampiris. Un vampiro de alma oscura y maligna ahora albergaba luz en su interior.

Todos sus poderes oscuros se desvanecieron; la luz de Ana, aun débil, había superado la oscuridad de Fabio.

Subestimaron al pequeño ser de luz, y ahora estaba terminando con el joven vampiro.

Agarus y Mara, desesperados, vieron a su único hijo caer súbitamente frente a ellos. Fabio los miró por última vez; sus profundos ojos negros perdían color. Exhaló y murió.

Mara se lanzó sobre su cuerpo, llorando desconsolada. Un nudo en la garganta le impedía hablar.

Agarus, firme pero abatido, sabía que no había nada que pudiera hacer.

Los demonios, mudos y desconcertados, acompañaron a la pareja sin mediar palabra.

—Esto no ha salido nada bien —pensó Belcebú, buscando una explicación para ofrecer a Lucifer.

LUMEN DE VAMPIRIS P7 - EL CIELO ARDE

 Habían pasado días desde que Namael había rescatado a Ana, y ella aún no despertaba. La esperanza de que lo hiciera se desvanecía con cada amanecer, mientras la preocupación por lo que podía venir crecía sin tregua. Los vampiros no habían dado señales de buscar al pequeño ser de luz, pero ese silencio prolongado solo podía significar que se preparaban para un ataque calculado y estratégico.

—Que Dios nos ampare —susurró Namael, mientras se disponía a orar, apretando con fuerza una hermosa cruz de madera labrada y una desgastada Biblia de portada roja. Terminada la plegaria, se preparó para acudir a la invitación que el Arcángel Gabriel le había enviado días atrás.

—Definitivamente es algo grave para que el mismo Gabriel haya pedido verme —pensó en tono pensativo mientras caminaba hacia los aposentos del arcángel más poderoso de Dios.

La casa del Arcángel Gabriel era una de las estructuras más impresionantes que se hayan visto en toda la faz del universo. Su monumentalidad y poder simbólico deslumbraban por la perfección arquitectónica y el minucioso detalle de sus ornamentos. La planta del edificio tenía forma de cruz, con una nave principal y cuatro laterales, perfectamente simétricas.

La fachada exhibía tres grandes portales semicirculares que invitaban a los visitantes a un espacio interior de belleza divina. El pórtico izquierdo estaba consagrado a la batalla de los ángeles contra las fuerzas de la oscuridad, una guerra librada hace millones de años, cuando el universo apenas comenzaba a formarse.

El portal central estaba dedicado a la jerarquía celestial: Dios, el ser supremo, acompañado por la primera jerarquía formada por serafines, querubines y tronos. Sobre este pórtico destacaba un enorme reloj elaborado con fibras de oro amarillo, que otorgaba a la fachada un brillo majestuoso. La segunda jerarquía, compuesta por dominaciones, virtudes y potestades, se exhibía con solemnidad, y finalmente, la tercera jerarquía, integrada por arcángeles, ángeles y principados —estos últimos protectores de la Tierra y seres más cercanos a los humanos.

El pórtico derecho estaba dedicado a la creación del cielo, con representaciones de Dios como creador de los reinos, pueblos y territorios celestiales.

En el interior, un techo de bóvedas de crucería, formadas por la intersección de dos arcos apuntados, se extendía majestuoso. Doce columnas de mármol, finamente talladas, representaban a los doce servidores más importantes de Dios. Los muros contenían ventanales espléndidos que inundaban el recinto de luz, honrando el mensaje "Dios es luz", inscrito en el centro de la pared principal. Todo el interior estaba adornado con estructuras bañadas en oro y plata. De hecho, las catedrales terrenales más emblemáticas, como Notre Dame, se inspiraron en la arquitectura de la casa del Arcángel Gabriel.

Dos guardianes aguardaban a Namael en el interior y, al verlo llegar, lo condujeron hasta la sala principal. Frente a la puerta, Namael sintió un nudo en el estómago; apretó los puños y entró dispuesto a descubrir qué ocurría.

En el centro, el Arcángel Gabriel estaba sentado en un hermoso sillón de cedro, vestido con lino blanco y seda. De figura delgada y rostro fino, su semblante pálido reflejaba inquietud. Al verlo, sus ojos celestes expresaron profunda preocupación. Invitó a Namael a sentarse y rompió el tenso silencio:

—Gracias por venir, Namael. Como sabrás, estamos preocupados por lo que sucede con el ser de luz que habéis rescatado y por las implicaciones para el mundo celestial y, por supuesto, para el mundo de la oscuridad.

Gabriel guardó silencio, aguardando respuesta. Namael, nervioso, replicó:

—Sabía que no tardaría en enterarse, su excelencia. Hemos cuidado de Ana, pero sigue inconsciente. Creemos que lo mejor es ocultarla en vuestros aposentos, si me lo permite, para mantenerla segura mientras resolvemos este grave conflicto.

Gabriel miró pensativo hacia la ventana, donde la luz del sol bañaba el paisaje.

—Podemos cuidar a vuestro ser de luz en el recinto de los querubines, si así lo deseáis. Pero ese no es mi mayor temor. Lo que me preocupa es lo que esto significa para ambos bandos —se levantó mientras continuaba—. Nuestro ser de luz ha tocado a un vampiro, pero no a cualquiera: es el hijo de Agarus, único heredero de la élite vampírica. Para nosotros sería sencillo terminar el conflicto si pudiéramos negociar solo con ellos.

—¿Y qué lo impide, su excelencia? —preguntó Namael, expectante.

—Agarus es un vampiro muy poderoso y, además, el único que tiene un pacto con Lucifer. Las fuerzas del mal están unidas bajo un pacto de oscuridad con poderes inimaginables, lo que nos obligaría a enfrentar todas las fuerzas celestiales.

—Tal vez podamos evitar complicaciones si buscamos a Lucifer y le pedimos que se abstenga de apoyar a Agarus —propuso Namael.

—Es demasiado tarde, mi querido Namael. Lucifer ha recibido el mensaje de Agarus y aceptó apoyarlo. Ya se preparan para buscar al ser de luz, si no lo han hecho ya —Gabriel suspiró y concluyó—: La guerra ha comenzado. Nos enfrentaremos nuevamente a Lucifer. Debemos prepararnos.

—¿Qué pasará con los dos jóvenes? —preguntó Namael con preocupación.

—En esta batalla solo uno puede ganar. Todo culminará con la muerte de uno de ellos, y ese hecho decidirá el futuro de ambos reinos. Ve a preparar a tus arcángeles más poderosos. La criatura se quedará aquí; la traeré esta misma tarde.

De regreso a sus aposentos, Namael meditaba sobre lo que acababa de escuchar. Era más grave de lo que imaginaba: ahora Lucifer estaba involucrado, complicando cualquier solución para que ambos pudieran sobrevivir.

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Esa misma noche, al otro lado del mundo, cientos de demonios y vampiros se reunían en el castillo de Agarus, bajo el mando de Azrael, Belcebú y Astaroth, generales principales de Lucifer, listos para partir en busca de Ana.

—Debemos terminar con esa despreciable humana —ordenó Agarus—. El destino de mi descendencia y de la vuestra está en sus manos. Antes del amanecer nos veremos en el portal del infierno para culminar el anima nexum de mi hijo y acabar de una vez con esta ridícula batalla que hemos iniciado.

—No te había visto tan nervioso —bromeó Belcebú, soltando una carcajada y mirando a sus compañeros—. Déjanos esto a nosotros, Agarus. Hace tiempo queremos acabar con ángeles y arcángeles. Nuestro señor Lucifer está encantado de ayudarte, siempre que cumplas con tu parte del trato.

—Así será —respondió Agarus, serio y decidido—. Ahora, ¡váyanse de aquí! Ese olor a azufre me incomoda —dijo, dando media vuelta y desapareciendo en las sombras del castillo.

Los tres demonios avanzaron rápidamente hacia los aposentos de Namael, quien esperaba su llegada y había dispuesto a su ejército en la puerta.

En minutos, la batalla comenzó en el cielo. Ángeles y demonios chocaban, luz y oscuridad luchaban por demostrar quién era más fuerte. Espadas y escudos se enfrentaban sin tregua, acabando poco a poco con las fuerzas contrarias.

Namael se enfrentó a Azrael en un combate de poder y habilidad extraordinarios. Uno y otro intercambiaban ataques sin descanso hasta que, finalmente, Azrael, con su alma oscura y llena de odio, clavó su espada en el corazón de Namael. El ángel cayó, y el demonio tomó su forma.

Mientras la batalla continuaba, Azrael, ahora disfrazado de ángel, se dirigió a la casa del Arcángel Gabriel. Vencer a los guardianes fue fácil, y encontró a Ana en la recámara principal. Sin dudar, tomó el frágil cuerpo y se dirigió al portal del infierno, donde lo esperaban los otros demonios y un impaciente Agarus en el castillo de Transilvania.

Al alejarse, vio a Gabriel intentar seguirlo volando, pero fue demasiado tarde; logró perderlo de vista.

—¡Se acabó! —gritó Azrael. Belcebú y Astaroth se unieron en aplausos y vítores.— ¡Lo hicimos excelente! ¡Fue demasiado fácil! —replicó Astaroth.

Al llegar, Agarus sostuvo a Fabio entre sus brazos junto a Mara y lo colocó sobre una pesada piedra preparada para el ritual del anima nexum. Fabio se sentía cada vez peor; sus poderes menguaban, y la única esperanza era culminar el ritual esa fría noche.


lunes, 21 de febrero de 2022

LUMEN DE VAMPIRIS P6 - PUNTO DE QUIEBRE

Mientras regresaba al castillo, Fabio seguía abrumado por lo ocurrido. Había llevado a cabo el anima nexum, y sin embargo... algo no encajaba. La ausencia del cuerpo de Ana lo atormentaba. ¿Dónde estaba? ¿Por qué su poder no había regresado del todo?

Recorrió los pasillos del majestuoso castillo, con la mente invadida por preguntas sin respuesta. Por primera vez, una inquietud verdadera lo carcomía: ¿qué pensaría su padre de todo esto?

El fracaso no era una opción para su familia.

Agarus, descendiente directo del mismísimo Conde Drácula, lideraba una de las casas más puras de la nobleza vampírica. Su sangre jamás se había mezclado con la de humanos ni criaturas inferiores. Esa era la élite: vampiros de linaje intacto, únicos autorizados para convertir humanos en su especie.

Por debajo de ellos estaban los Qadhar: mestizos con sangre humana, aún poderosos, pero considerados inferiores. Y finalmente, los Lekeli: humanos transformados por vampiros de élite o rechazados por su ascendencia impura.

Fabio era el único hijo de Agarus, fruto de su unión con Mara —una vampiresa refinada, fuerte, y muy querida entre los clanes. Si fallaba, no solo traicionaba su linaje: se cerraría el ciclo de herencia pura.

—Será mi fin —murmuraba, imaginando el desprecio, el exilio... la humillación.

Su padre no toleraría el deshonor.

Miró hacia el bosque, desde el balcón del castillo, buscando respuestas. Quizás su madre aún podía protegerlo del juicio. Quizás había una forma de justificar lo ocurrido.

Sobre todo... sabiendo que su víctima era un ser de luz.

Una chispa de esperanza brilló en su mirada, pero se desvaneció de inmediato.

Él había fallado. Y el linaje, una vez más, pendía de un hilo.

—No fue tu culpa, cariño —susurró una voz a su espalda.

Era Mara. Lo abrazó con ternura, sujetándole el rostro con ambas manos.

—Lo solucionaremos juntos. Todo esto pasará.

Fabio se refugió en ese abrazo. Su madre era la única que le ofrecía alivio. Hermosa, de cabello rojizo y mirada gris, tenía una figura delicada, y una fortaleza emocional que jamás se había quebrado, ni siquiera bajo la sombra de Agarus. Ella siempre había sido su escudo.

Madre e hijo permanecieron unidos en silencio. Ambos sabían que el tiempo era limitado. Agarus regresaría en menos de dos semanas de sus viajes militares por los reinos aliados.

Y para entonces, todo debía estar resuelto.

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A miles de kilómetros de allí, en lo alto de los cielos, el cuerpo de Ana yacía sobre un lecho de lirios y jazmines. La Casa de los Ángeles de la Guarda, bajo la administración del Arcángel Gabriel, la había recibido tras su colapso.

Las marcas de colmillos seguían visibles en su cuello. Su respiración, apenas perceptible. Sus manos y pies, helados. Una pequeña chimenea ardía con leña de roble, avivada por ángeles diminutos, intentando mantenerla viva.

Namael, ángel de luz en la Tierra, había logrado rescatarla justo antes de su muerte. Al quedar desprotegida —sin su ángel guardián original— Ana pasó bajo la custodia de los arcángeles.

Cuando Namael sintió el peligro, no dudó. Se lanzó al rescate con la fuerza de mil oraciones.

Al llegar, la escena lo golpeó como un trueno: Ana se desangraba lentamente en el cementerio, y a su lado yacía inconsciente un joven vampiro. Fabio.

Namael pudo matarlo. Pero lo reconoció: era de la élite. Su eliminación habría desencadenado una guerra total. Decidió huir y llevarse a Ana, antes de que él despertara.

Mientras cuidaba de ella, no podía ignorar la gravedad del momento.

Un ser de luz había sido tocado por un vampiro.

Y el anima nexum casi se completaba.

No tardarían en enterarse los líderes de ambos bandos. Y cuando lo hicieran, no habría vuelta atrás.

Sin saberlo, el equilibrio entre la luz y la oscuridad había sido roto.


jueves, 3 de febrero de 2022

LUMEN DE VAMPIRIS P5 - EL RITUAL Y LA LUZ


Después de semanas sin poder dormir, consumida por el recuerdo de su padre, Ana decidió visitarlo un domingo por la tarde en el camposanto. Frente a la tumba, su cuerpo se estremeció; aún no podía aceptar que nunca más lo vería, que ahora solo vivía en sus recuerdos.

Se sentó junto a la lápida y colocó con delicadeza unas rosas blancas. Sacó un paño de su bolso y, con paciencia, limpió la superficie donde se leía el nombre de su padre bajo una cruz tallada en mármol. Las horas pasaron sin que se diera cuenta. El cielo comenzaba a oscurecerse. Era hora de volver a casa.

Cuando se disponía a levantarse, un escalofrío recorrió su cuerpo. Giró lentamente y, entre los arbustos, distinguió unos ojos negros que la observaban, fijos, inmóviles.

Paralizada, dudó entre correr o quedarse. Optó por observar a aquella criatura que la acechaba.

—¿Qué demonios es eso? —pensó, mientras su instinto le gritaba que huyera.

De pronto, la criatura lanzó dos zarpazos y un enorme lobo emergió de entre las sombras, acechándola con movimientos sigilosos.

Desde la distancia, Fabio observaba todo con una mezcla de expectación y rabia contenida. La joven que una vez había sido su conexión... ahora era su amenaza. La única forma de salvarse era completando el anima nexum. Esta vez no fallaría.

Convertido en lobo, Fabio dejó que Ana corriera. No deseaba atraparla fácilmente. Quería que el final tuviera su propio ritmo. Su propio peso.

—Ha llegado tu hora —murmuró, dejando que su naturaleza vampírica lo dominara por completo.

Aumentó la velocidad, pero al pasar junto a la tumba del padre de Ana, algo lo detuvo: la cruz tallada en la lápida emanaba un aroma intenso a sándalo y mirra. Un aura sagrada.

—Definitivamente, es un ángel —pensó.

Levantó la vista. Ana seguía huyendo. Su aroma floral y a pino aún flotaba en el aire. La siguió.

Al llegar a la salida del cementerio, no logró verla. Pero su esencia seguía allí, oculta entre los pedestales.

Avanzó silencioso. Y entonces, entre las sombras, vio las pequeñas manos de Ana aferradas a unas flores recién brotadas.

Fabio saltó. Cayó frente a ella.

Ana, llorando, apenas alcanzó a levantar la mirada. Sus ojos se encontraron, y una descarga eléctrica recorrió ambos cuerpos. El vampiro mostró sus colmillos. Ana, paralizada, buscó en su memoria el origen de esos ojos tan profundos.

—¿Fabio...? —susurró con voz quebrada.

Pero ya era tarde.

El lobo hundió sus colmillos en su cuello. Un pequeño río de sangre brotó de la herida. Sus latidos se debilitaban. Sus manos quedaban inmóviles.

Ana, el pequeño ser de luz, había sido alcanzada. Ningún ángel acudió. ¿Dónde estaban? ¿Creyeron que su luz bastaría para protegerla?

Se equivocaron.

Mientras bebía su sangre, Fabio sentía cómo el fluido le devolvía la fuerza. Sus sentidos se agudizaban. Su cuerpo vibraba con poder.

Pero entonces, algo falló.

Tuvo que soltarla. Ana cayó al suelo. El vampiro retrocedió, tambaleante.

—¿No funcionó el anima nexum? ¿Qué hice mal? —susurró, buscando a Ana. Pero su cuerpo había desaparecido.

Solo quedaba un charco de sangre que brillaba bajo la luna llena.

La desesperación de Fabio se transformó en furia. Apretó los puños con tanta fuerza que sintió sus uñas clavarse en la carne.

Quería gritar. Destruir todo a su paso.

—Te encontraré, iluminada —murmuró con rabia contenida—. Y cuando lo haga, me reiré de tus ángeles mientras celebro mi victoria.

Esto no había terminado.

Y con ese pensamiento oscuro, se perdió en la noche, rumbo al castillo.


martes, 7 de septiembre de 2021

LUMEN DE VAMPIRIS P4 - ECOS DE SANGRE

Desde aquella noche, el rostro de Fabio y sus ojos imposibles de olvidar comenzaron a instalarse con persistencia en los sueños de Ana. La imagen se repetía con inquietante precisión: el murmullo de una melodía lejana —un piano antiguo tocando notas dispersas—, una tenue neblina cubriéndolo todo... y luego, esa mirada negra que la atravesaba sin violencia, pero con una intensidad abrumadora.

Despertaba siempre igual: respiración agitada, la cruz de madera apretada entre los dedos, y un vacío difícil de explicar.

Intentó buscarle lógica. Se obligó a pensar que todo era producto del recuerdo de una noche peculiar, una fantasía alimentada por libros de vampiros, café y soledad. Pero algo en su interior le gritaba que no era solo eso.

Lo sabía.

Lo sentía.

Y aunque le aterraba... no podía evitar desear volver a verlo.

Fabio, en cambio, se había sumido en un torbellino de contradicciones. El descubrimiento de que Ana era un ser de luz lo había desestabilizado por completo. El libro de Lux, la cruz de madera en el anillo del ángel... todo encajaba.

Pero lo más insoportable era que, desde aquel beso, su poder se había vuelto inestable.

Las sombras ya no le obedecían. Había noches en que ni siquiera podía transformarse. Su reflejo comenzaba a insinuarse en los espejos —una blasfemia para su especie—, y el sabor de la sangre le provocaba un asco que jamás había sentido.

—Maldita sea... Me está cambiando —susurraba cada noche frente al espejo, sin hallar alivio.

No podía permitirse sentir. No debía.

El Consejo de los Antiguos lo vigilaba. Su madre, que había empezado a notar su debilidad, intentaba protegerlo del juicio. Pero incluso ella comenzaba a temer lo inevitable.

—¿Qué has hecho, Fabio? —le preguntó una noche, asomándose a la puerta de piedra de la biblioteca.

Él no respondió. Cerró el libro y se marchó, como si huir del pasado pudiera salvarlo.

---

Una semana después, en una mañana cubierta por la bruma del invierno, Ana decidió volver al café de la esquina. No era exactamente nostalgia lo que la guiaba, sino una mezcla de necesidad y valor. Llevaba en el bolso la cruz de su padre, ahora su amuleto inseparable.

Se sentó en la misma mesa del fondo, pidió un chocolate caliente y abrió un nuevo libro: El huésped de Drácula, otra obra de Stoker que aún no había terminado.

Las notas de un violonchelo envolvían el ambiente con una melancolía que parecía reflejar su propio estado.

Entonces lo sintió.

No lo vio entrar. No escuchó la puerta. Solo supo que él estaba allí. Como si algo invisible hubiese estremecido el aire.

Levantó la vista. Y ahí estaba Fabio.

Ya no vestía de negro. Llevaba un abrigo gris sencillo. Su rostro, más pálido que antes, conservaba una belleza aún más etérea. Ana tragó saliva. Todo su cuerpo se tensó.

—¿Puedo sentarme? —preguntó él, con una voz más suave de lo que recordaba.

Ana asintió, casi sin darse cuenta.

—Pensé que no te volvería a ver.

—Yo no debería estar aquí —respondió Fabio.

—¿Y por qué estás?

Bajó la mirada. Las manos le temblaban. Y por primera vez en siglos, sintió frío. Un frío humano, profundo.

—Porque... algo en ti me arrastra —dijo. Luego la miró, y por un segundo, Ana sintió que aquellos ojos oscuros no la amenazaban, sino que pedían ayuda.

Entrecerró los ojos.

—¿Quién eres, Fabio?

La pregunta quedó suspendida en el aire. El tiempo pareció congelarse. Fabio no respondió. En su lugar, se levantó lentamente, dejó unas monedas sobre la mesa y, antes de marcharse, susurró:

—La luna llena está cerca. Cuídate, Ana... No todos los que vendrán tendrán mis dudas.

Y se fue, dejándola con el corazón galopando, la cruz entre los dedos... y una certeza inquietante: algo oscuro se avecinaba.

Y ella era el centro de todo.


viernes, 11 de junio de 2021

LUMEN DE VAMPIRIS P3 - OJOS DE SOMBRA

Mientras sonaban los Rolling Stones en la radio, la brisa nocturna acariciaba el rostro de Ana, agitando suavemente su cabello semirrecogido. Una tranquilidad frágil flotaba en el ambiente, como si la noche ofreciera una tregua.

Pero aquella serenidad se quebró de pronto con el chirrido brutal de unos neumáticos frenando sin control, seguido por un golpe seco y la luz enceguecedora de unos faros que lo invadieron todo.

Sintió el impacto, el tirón violento del cinturón de seguridad, el estallido de los cristales golpeando su piel. Todo sucedía demasiado rápido, como una película desenfocada: el grito desesperado de su padre, el caos... y de repente, un silencio absoluto.

Ana sobrevivió. Pero cuando despertó en el hospital, su padre ya había sido enterrado. No pudo ir al velorio. No pudo despedirse.

Aquella ausencia sin cierre la desgarraba. Era como si la muerte hubiera arrancado algo esencial de su alma, sin previo aviso. La imagen de su madre, intentando mantenerse entera por sus hermanos pequeños, la acompañaba como un peso constante en el pecho.

Meses después, Ana decidió mudarse a una pequeña ciudad, a unos treinta minutos de la casa familiar. Necesitaba silencio. Soledad. Un espacio para comenzar a sanar.

Aquella noche de invierno, su habitación parecía más fría que de costumbre. No era sólo el clima: era una frialdad que nacía desde dentro, desde el vacío que el duelo había dejado.

Las horas pasaban. Finalmente apagó su portátil, con los ojos aún empañados y los labios temblorosos. Se arrodilló junto a la cama y comenzó a orar con fervor, aferrada a una cruz de madera tallada que su padre le había regalado al cumplir doce años. La oración era su refugio. En ese acto, sentía la presencia de su ángel de la guarda, una energía serena que la abrazaba en los momentos más oscuros.

Su padre solía decirle que todos teníamos un ángel que nos guiaba hacia nuestro propósito. Pero Ana, con el alma rota, no podía dejar de preguntarse dónde había estado el ángel de su padre aquella noche fatal.

El cansancio y las lágrimas la vencieron. Poco a poco, se fue sumiendo en el sueño, en esa frontera difusa donde los recuerdos se mezclan con los deseos.

Soñó con su padre: su sonrisa cálida, su cabello alborotado, los grandes ojos marrones que tanto se parecían a los suyos. Mirarlo era como envolverse en calma.

Pero en algún punto, los ojos cambiaron. Ya no eran marrones.

Se volvieron oscuros. Muy oscuros. Negros como la noche.

Ya no ofrecían consuelo, sino inquietud.

No eran los ojos de su padre.

Pero los había visto antes.

Ana se despertó sobresaltada, con el corazón golpeando su pecho como un tambor. El miedo le trepó por la garganta, frío y húmedo.

Entonces lo supo.

—Fabio —susurró, y el nombre le heló la sangre.

Su mente se llenó de imágenes del café. Del chico de mirada intensa. De su voz suave, de su presencia abrumadora.

Una mezcla de miedo y curiosidad la invadió. Algo en su interior —quizás su alma, quizás su ángel— le advertía: esa noche no había sido como cualquier otra.


LUMEN DE VAMPIRIS P9- BAJO TIERRA

  En ese instante, al otro lado del universo, el Arcángel Gabriel recibía a su hermano, el Arcángel Miguel. La tensión entre ellos era palpa...