martes, 1 de marzo de 2022

LUMEN DE VAMPIRIS P8

 Agarus y los demonios se preparaban para continuar con el ánima nexum de Fabio, quien, débil y semi desnudo, yacía frente al portal del infierno.

Mientras todos se disponían, Fabio, aún adormilado y sin fuerzas, se preguntaba cómo todo había salido tan mal. Solo debía completar el ritual, y ahora el cielo y el infierno estaban al borde de una guerra abierta. Se sentía insuficiente, indigno de ser el heredero de la élite, después de fallar tan torpemente en un rito para el que se había preparado casi toda su vida.

En las últimas semanas, su cuerpo le había fallado: ya no podía transformarse en murciélago ni en lobo, y su velocidad, antes imparable, había disminuido. La luz de Ana lo consumía lentamente; si él caía, la descendencia de Agarus —uno de los vampiros más poderosos del mundo— se perdería, a menos que surgiera otro heredero.

Sumido en estos pensamientos, una mano suave lo sacó de su ensimismamiento. Era su madre, Mara, que sujetaba su rostro con ambas manos.

—No puedes rendirte ahora, hijo —dijo con voz firme y esperanzada—. Has luchado demasiado para dejar que todo termine aquí. Hoy es tu día, serás el heredero de la élite.

Aunque sus palabras tenían fuerza, unas lágrimas surcaron las mejillas de Mara, humedeciendo el rostro de Fabio. Ella lo abrazó con ternura, luego se apartó para dar paso al ritual.

Azrael y Belcebú colocaron el cuerpo de Ana cerca del de Fabio, mientras Agarus y Astaroth preparaban a Fabio para proseguir. Todos observaban, expectantes.

Con el poco aliento que le quedaba, Fabio se incorporó, decidido a concluir el rito. Sus colmillos afilados brillaron bajo la luz tenue al acercarse al cuello de Ana. Percibió el aroma de flores: jazmines, lirios... observó su rostro pálido, el cabello ondulado, sus delicadas facciones.

—Es muy hermosa —pensó, y un inesperado sentimiento de compasión lo invadió.

—¿Qué estoy haciendo? —se preguntó, confuso. ¿Acaso la luz de Ana había tocado su alma oscura, despertando emociones nuevas?

Fabio vaciló.

—¿Qué demonios estás esperando? —gritó Agarus con furia—. ¡Hazlo de una vez o ambos morirán esta noche!

Los demonios intercambiaron miradas, en silencio, aguardando el desenlace. Esa noche, uno de los dos jóvenes entregaría su alma a Lucifer, y el pacto estaba sellado: Agarus contaba con el apoyo del príncipe del infierno, aun cuando el alma de su heredero pendía de un hilo.

Fabio recuperó la concentración, apartando los recuerdos y la belleza de Ana. Con la mente en blanco, hundió sus colmillos en el cuello de ella, quien soltó un último y apenas audible suspiro.

La sangre de Ana fluyó hacia Fabio, y con ella, una fuerza renovada inundó su cuerpo. Sus poderes regresaron, mientras la bondad que alguna vez albergó se desvanecía. La oscuridad lo había consumido por completo. La luna brillaba en el cielo: el ánima nexum había concluido.

El joven vampiro se incorporó, recorrió a todos con la mirada y, con una reverencia previa, abrazó a sus padres.

Agarus y Mara exhalaron aliviados y victoriosos. Los tres demonios sonrieron malévolamente y aplaudieron, satisfechos con la culminación del ritual.

—Hemos terminado —declaró Azrael—. Nos llevamos a la humana como sacrificio para nuestro señor Lucifer.

—Gracias a todos, son bienvenidos en mi castillo cuando gusten —respondió Agarus—. Envíen mis saludos a Lucifer.

Mara les regaló una pequeña sonrisa.

Mientras todos se despedían, Fabio y sus padres se preparaban para regresar al castillo, y los demonios se encaminaban hacia el infierno. Pero justo antes de cruzar el portal con el cuerpo de Ana, un grito desesperado los detuvo.

Todos voltearon horrorizados. Era Fabio, tirado en el suelo, retorciéndose y gritando. Se acercaron rápidamente, dejando a Ana frente al portal. La confusión se apoderó de todos; nadie entendía lo que sucedía. Los ojos de Fabio estaban desorbitados.

—¿Qué es esto? —exclamó Agarus—. ¡Ayúdenlo! —clamó Mara, consternada.

Los demonios intentaron sujetarlo, pero una luz cegadora emanaba de su cuerpo, impidiéndoles tocarlo. Fabio comenzó a elevarse, perdiendo el control, mientras su interior ardía.

—El ser de luz —pensó—. Me estoy muriendo.

Miles de recuerdos pasaron por su mente: los desayunos con su madre, las largas jornadas de entrenamiento con su padre, las anécdotas con los otros jóvenes vampiros. Todo llegaba a su fin, y no podía aceptarlo.

Los esfuerzos de su padre para ayudarlo a completar el ánima nexum fueron inútiles. Los demonios, desconcertados, solo pudieron observar mientras sus padres lo miraban con desesperación desde el suelo.

El cuerpo de Fabio se cubrió de una luz cegadora: se estaba produciendo el lumen de vampiris. Un vampiro de alma oscura y maligna ahora albergaba luz en su interior.

Todos sus poderes oscuros se desvanecieron; la luz de Ana, aun débil, había superado la oscuridad de Fabio.

Subestimaron al pequeño ser de luz, y ahora estaba terminando con el joven vampiro.

Agarus y Mara, desesperados, vieron a su único hijo caer súbitamente frente a ellos. Fabio los miró por última vez; sus profundos ojos negros perdían color. Exhaló y murió.

Mara se lanzó sobre su cuerpo, llorando desconsolada. Un nudo en la garganta le impedía hablar.

Agarus, firme pero abatido, sabía que no había nada que pudiera hacer.

Los demonios, mudos y desconcertados, acompañaron a la pareja sin mediar palabra.

—Esto no ha salido nada bien —pensó Belcebú, buscando una explicación para ofrecer a Lucifer.

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