martes, 7 de septiembre de 2021

LUMEN DE VAMPIRIS P4 - ECOS DE SANGRE

Desde aquella noche, el rostro de Fabio y sus ojos imposibles de olvidar comenzaron a instalarse con persistencia en los sueños de Ana. La imagen se repetía con inquietante precisión: el murmullo de una melodía lejana —un piano antiguo tocando notas dispersas—, una tenue neblina cubriéndolo todo... y luego, esa mirada negra que la atravesaba sin violencia, pero con una intensidad abrumadora.

Despertaba siempre igual: respiración agitada, la cruz de madera apretada entre los dedos, y un vacío difícil de explicar.

Intentó buscarle lógica. Se obligó a pensar que todo era producto del recuerdo de una noche peculiar, una fantasía alimentada por libros de vampiros, café y soledad. Pero algo en su interior le gritaba que no era solo eso.

Lo sabía.

Lo sentía.

Y aunque le aterraba... no podía evitar desear volver a verlo.

Fabio, en cambio, se había sumido en un torbellino de contradicciones. El descubrimiento de que Ana era un ser de luz lo había desestabilizado por completo. El libro de Lux, la cruz de madera en el anillo del ángel... todo encajaba.

Pero lo más insoportable era que, desde aquel beso, su poder se había vuelto inestable.

Las sombras ya no le obedecían. Había noches en que ni siquiera podía transformarse. Su reflejo comenzaba a insinuarse en los espejos —una blasfemia para su especie—, y el sabor de la sangre le provocaba un asco que jamás había sentido.

—Maldita sea... Me está cambiando —susurraba cada noche frente al espejo, sin hallar alivio.

No podía permitirse sentir. No debía.

El Consejo de los Antiguos lo vigilaba. Su madre, que había empezado a notar su debilidad, intentaba protegerlo del juicio. Pero incluso ella comenzaba a temer lo inevitable.

—¿Qué has hecho, Fabio? —le preguntó una noche, asomándose a la puerta de piedra de la biblioteca.

Él no respondió. Cerró el libro y se marchó, como si huir del pasado pudiera salvarlo.

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Una semana después, en una mañana cubierta por la bruma del invierno, Ana decidió volver al café de la esquina. No era exactamente nostalgia lo que la guiaba, sino una mezcla de necesidad y valor. Llevaba en el bolso la cruz de su padre, ahora su amuleto inseparable.

Se sentó en la misma mesa del fondo, pidió un chocolate caliente y abrió un nuevo libro: El huésped de Drácula, otra obra de Stoker que aún no había terminado.

Las notas de un violonchelo envolvían el ambiente con una melancolía que parecía reflejar su propio estado.

Entonces lo sintió.

No lo vio entrar. No escuchó la puerta. Solo supo que él estaba allí. Como si algo invisible hubiese estremecido el aire.

Levantó la vista. Y ahí estaba Fabio.

Ya no vestía de negro. Llevaba un abrigo gris sencillo. Su rostro, más pálido que antes, conservaba una belleza aún más etérea. Ana tragó saliva. Todo su cuerpo se tensó.

—¿Puedo sentarme? —preguntó él, con una voz más suave de lo que recordaba.

Ana asintió, casi sin darse cuenta.

—Pensé que no te volvería a ver.

—Yo no debería estar aquí —respondió Fabio.

—¿Y por qué estás?

Bajó la mirada. Las manos le temblaban. Y por primera vez en siglos, sintió frío. Un frío humano, profundo.

—Porque... algo en ti me arrastra —dijo. Luego la miró, y por un segundo, Ana sintió que aquellos ojos oscuros no la amenazaban, sino que pedían ayuda.

Entrecerró los ojos.

—¿Quién eres, Fabio?

La pregunta quedó suspendida en el aire. El tiempo pareció congelarse. Fabio no respondió. En su lugar, se levantó lentamente, dejó unas monedas sobre la mesa y, antes de marcharse, susurró:

—La luna llena está cerca. Cuídate, Ana... No todos los que vendrán tendrán mis dudas.

Y se fue, dejándola con el corazón galopando, la cruz entre los dedos... y una certeza inquietante: algo oscuro se avecinaba.

Y ella era el centro de todo.


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